El olor dulce y embriagador de su piel inunda la habitación de blancas paredes, mientras el humo de un cigarrillo agónico se escapa por la ventana que contrabandea los rayos de sol; su tez, como una isla en medio del mar de sábanas, hace resaltar sus ojos amarillosos que miran desde la cama coqueteándole al abismo, los labios rosados tiritan callando palabras nerviosas. -Me he desvelado clavando mi mirada como un ancla en el océano de su ser, mis manos temblorosas sostienen forzadamente un objeto pesado y de olor metálico-, el pelo castaño cae sobre su cara, y con sus manos inquietas mueve los hilos oscuros hasta ponérselos detrás de las orejas ovaladas; sonríe sofocada en sensualidad, mientras las piernas dibujan lentamente, en las sábanas, medio círculo. Se pone en píe; estira su esbelto cuerpo; las costillas se marcan en la piel de perla, y musita un “no”, mientras los ojos se le llenan de lágrimas. Me pongo lenta y torpemente de pie; ella corre hasta la cama y se sumerge en las sábanas blancas, retorciéndose de manera convulsiva sobre el colchón; las sábanas se enredan en el cuerpo; uno de sus senos queda amenazante por fuera de éstas; mis pasos, al acercarme a la cama, se hacen semejantes al acero, firmes y castigadores.
Detrás de la ventana, en un inmenso guayacán seco, cientos de canarios descansan haciendo la ilusión de una mole de madera florecida; el canto de las aves juega con el segundero, convirtiendo al patio en un teatro para conciertos.
Ella sigue sumergida en la cama; respira con dificultad mientras lanzo la colilla al suelo y la piso delicadamente; el humo se fuga entre el zapato y el suelo, mi mano es un péndulo atraído por la gravedad a un eje de fuego e ira.
En la calle los carros hacen un escándalo al entrar en batalla contra las gotas de la lluvia que no se han detenido desde la madrugada. Hace frío; las articulaciones de las manos están congeladas; de la nariz, un vapor desordenado se pierde en el aire. Ya está llegando la hora y no puedo quitar la mirada del amarillo mareado de sus ojos; levanto de manera brusca el brazo y lo apunto en dirección a la cama; ella, de manera instintiva, se cubre en su lecho. No me siento feliz; se ha borrado la sonrisa que hace un rato su mirada dibujaba en mi rostro; no he parado de temblar, sólo mi mano está inmóvil. Un grito sordo, otro, y luego otro, hacen volar los canarios del árbol, dejándolo en soledad.
Tomo su mano en la mía por un instante; aun está tibia. Es hora de partir; se han acabado todos los cigarrillos; el olor a pólvora llena la habitación, y entre las sábanas no queda mucho de ella, la sangre colorea el blanco. Es momento del adiós; miro por la ventana, el estruendo de los autos no ha cambiado a pesar de que la lluvia se detuvo, y es el adiós para siempre de esos ojos brujos.
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