miércoles, 11 de diciembre de 2013

La despedida

Él sentía el sinsabor que deja una despedida incómoda. Había fingido una sonrisa después de prometerle que mañana sería un gran día. La amaba pero las cosas no marchaban bien; algo se había roto, no sabía cuándo, o si había hecho ruido al estallar contra el suelo...



Sus pasos hacían escándalo en el desolado y poco iluminado pasillo que conducía al antiguo ascensor de puertas grandes de acero; era un ascensor viejo, y molestamente ruidoso. Con cada paso dado los recuerdos lo acosaban, imágenes dolorosas y palabras cortantes lanzadas en peleas justificadas o sin razón aparente; memorias de un molesto ritual.



Las cosas serían tan fáciles si acabaran de un golpe desalmado y lleno de crueldad, como el de un hacha, o el de una katana sagradamente afilada... pero este no era el caso, éste era un morir lento y agónico que pedía la clemencia de una almohada en el rostro.



Presionó con el dedo pulgar el botón de llamado del viejo aparato, la maquinaria hacía ruido por el sobreesfuerzo de mover el contrapeso. Las puertas se abrieron en un lento vibrar; la luz halógena que salía del ascensor lo hacía ver pálido, enfermizo; las ojeras inflamadas lo hicieron pensar en que llevaba algunos días sin dormir, y otros mal durmiendo; sintió como el cansancio lo abrazaba pesadamente, perdía sus fuerzas y las puertas del desvencijado ascensor no terminaban de abrirse. Se llenó de impaciencia, el malestar de existir mal dormido lo empujó a meterse de lado entre las puertas que crujían.



¡TÍN!, sonó el ascensor. Las puertas habían abierto, el quería marcharse, dejar esa noche y esa situación atrás.  Con esfuerzo miró los descoloridos botones y oprimió el del primer piso, una luz rosa iluminó el contorno del botón; el cansancio que sentía era pesado, le recordaba al desterrado Atlas, condenado y olvidado. Vio como cerraban las puertas trabajosamente, las rodillas le dolían por el cansancio; no pudo evitar pensar que la causa de esa falta de fuerzas era el desgaste emocional, esa situación que lo mantenía en una confusión permanente. No dejaba de recordar esa mueca hecha, esa sonrisa desganada que ella se había acostumbrado a regalarle, y luego reclamaba reconocimiento o recompensa por ella.



El ascensor descendía lentamente, hacía el ruido de un monstruo cansado y moribundo; cuando faltaban pocos pisos, dos o tres, se detuvo bruscamente con una súbita pérdida de iluminación. Se recostó contra el fondo del ascensor, no demorarían en encender las luces de emergencia y en abrirle las puertas.



Pasados unos minutos sin que nada pasara se preguntó si don Facundo, el portero del edificio, se habría quedado dormido, lo más seguro es que esté en el sótano encendiendo la planta eléctrica, si es que existía en el edificio.



En la oscuridad el tiempo se mueve distinto, no es sencillo saber cuánto se permanece, en todo caso, la oscuridad desgasta, consume y debilita. El no sabía cuánto tiempo podía llevar encerrado ahí, tal vez pocos minutos, pero ya empezaba a estar ansioso. Sabía que el celular no le serviría en ese lugar, las anchas capas de acero del ascensor tenían la virtud de evitar el ingreso o salida de cualquier onda electromagnética, pero podría ver la hora y tranquilizarse por un rato con la luz de la pantalla; sacó el aparato de un apretado bolsillo, la luz lo lastimó mientras se le contarían las pupilas, no tenía mucha carga, pero entonces supo que eran las 4:57 de la madrugada.



Esperó en silencio, aguardando por el sonido quejumbroso de la voz de facundo; lo imaginó tomando una barra metálica y abriendo con trabajo esas puertas de acero, con el pelo canoso pegado por el sudor a su cara, las anchas gafas empañadas por el esfuerzo, tomándolo de la mano y sacándolo de ese oscuro lugar. Pero lo más seguro es que el anciano estuviera dormido en su silla detrás del mostrador de la portería fingiendo que leía una revista descolorida o alguna cosa. Escuchaba atento... la afonía era aterradora, ni siquiera las ratas sonaban mientras roían los cables y papeles, todo era silencio, profundo, pacífico, e inquietante.



Pasados unos minutos en la oscuridad, sin siquiera una manifestación de ruido de los calentadores de gas de las duchas que bañan a las condenadas personas que marchan acompasadamente al trabajo, él se inquietó.   El desespero de una naciente claustrofobia le llenó la mente; nada podía ver y no sabía si las paredes del ascensor se aprisionaban lentamente sobre su cuerpo, ese era un monstruoso ataúd en el había sido olvidado, nadie le llevaría flores a la tumba, nadie lavaría o lustraría su lápida inscrita con algún triste epitafio sacado de algún montón de palabras que forman clichés hipócritas de las personas que creen haberlo conocido pero que lo habían olvidado en esa tumba metálica.   Rápidamente sacó nuevamente el teléfono celular, la batería debería estar por agotarse... 5:29, cómo había pasado el tiempo de veloz y nadie se había preocupado por él, ¿dónde estaba Facundo?, en qué valiente héroe depositó sus esperanzas, si creía posible que el anciano se diera cuenta que estaba atrapado ahí hace cerca de una hora era un idiota, debía apañárselas solo, en adelante estaba completamente solo, esa había sido la decisión tomada esa noche y la ironía del universo se había encargado de ponerlo a prueba inmediatamente.  Guardó el celular en el bolsillo posterior de su jean, a ciegas buscó lentamente el lugar en el que se encuentran las puertas, no pudo evitar pensar en que se sentía como un ciego que no sabe leer en braille, tocando puntos y espacios que para él no significan nada, que no son más que eso, puntos... pensar en eso le dio pánico, no se sentía mentalmente capaz de aprender a leer con sus manos, era absolutamente torpe con ellas, nunca había desarrollado su motricidad fina, era burdo, ordinario y brusco, sencillamente no sería capaz de leer con sus yemas quemadas  por los cigarrillos, era una tontería buscar de esa manera, sacó el celular lo encendió y leyó una alerta en la pantalla: “batería muy descargada, el dispositivo se apagará...”, sin pensarlo dirigió la pantalla hacia enfrente y memorizó el lugar donde veía la línea delgada que unía las puertas, se sintió ridículo por el pequeño ataque de pánico y más cuando se dio cuenta que el aparato demora en apagarse.  Puso la punta de los dedos de la mano izquierda en la disimulada ranura, nuevamente guardó el inútil celular en el bolsillo posterior y comenzó su lucha por introducir sus dedos en el diminuto espacio, constantemente pensaba que en uno de sus intentos iban a resbalar las manos e iba a perder el lugar dónde estaba la unión de las puertas, sentía miedo de que eso pasara, trabajosamente sacó las llaves del bolsillo para ponerlas entre las puertas para ayudarse con ellas; logró abrir un poco las puerta, lo suficiente para introducir sus dedos y forzar las puertas.  El aire entró al ascensor refrescantemente, era como volver a nacer, él no lo había notado, pero la calidad del aire se había enrarecido con el pasar del tiempo, hace muchísimo tiempo no había disfrutado de una bocanada de aire como en ese momento, mientras se escurría entre el techo del primer segundo piso y el suelo del ascensor pensaba en que cuando las cosas se tornan cotidianas la estupidez hace pensar que no tienen nada de mágicas a pesar de ser cosas sublimes.



Por fin había salido del ataúd de acero, ascendía de las tinieblas a las que había sido condenado por un corte de energía intempestivo y la negligencia de Facundo, era hora de saldar cuentas con el anciano portero, tenía varias cosas por decirle al anciano negligente.  Decididamente se dirigió hasta la portería, escuchaba sus pasos decididos y fuertes, ya no sentía el cansancio que experimentaba al empezar su partida,  la indignación de haber sido un cautivo sin fórmula de juicio en esa prisión era suficiente motivación para llenarse de energía para buscar una persona con quien desquitar toda la frustración de varios días, aún si esa persona no tenía la culpa de nada, aún si el desgraciado de Facundo no tenía razón para saber que él estaba encerrado en ese ascensor vetusto.  Al llegar al primer piso busco al anciano, pero no podía verlo por encima del mostrador, por la puerta de la calle entraba ya algo de luz, el amanecer estaba cerca y él apenas se disponía a salir, sintió malestar, ganas de estallar, no podía callarse él sentía que en parte Facundo si tenía la culpa, debió escuchar sus llamados a pesar de la sordera llegada con la vejez.  El radio de pilas estaba apagado, seguramente estaba dormido y no quería que lo despertaran, pero era eso lo que precisamente iba hacer, despertarlo y decirle algunas cosas, de algo serviría desquitarse, aunque la verdad solo pensaba que debía despertarlo y marcharse.  Con un caminar sonoro que hacía más eco que el acostumbrado se acercó al mostrador y pudo ver los pies del anciano, el viejo parecía desmayado; inmediatamente sintió culpa por haber prejuzgado,  llegó hasta donde estaba Facundo, trató de incorporarlo sin éxito, acercó la mica del reloj a la nariz aguileña del viejo, ya no respiraba, había muerto en algún momento de la noche, nadie lo había notado, a nadie le había interesado, había muerto en la verdadera soledad, sintió remordimiento por todas las quejas estúpidas que pretendía darle al anciano.   Debía avisar pronto lo sucedido, levantó el teléfono de rueda, vetusto y de un exquisito color crema para llamar a la policía pero estaba sin tono...



No pensó mucho, no era necesario hacerlo para entender que algo no estaba bien, que algo había ocurrido.  El nunca se había considerado un cobarde, no tenía que salir corriendo en zig zag hasta la estación de policía más cercana  como una vieja histérica, además quedaba muy lejos, lo más eficaz era subir hasta el apartamento de ella  y utilizar su celular; tendía el placer de despertarla.



Comenzó a subir las gradas de dos en dos, con algo de temor ascendía, en los descansos, desconfiadamente miraba por los corredores, el silencio y la oscuridad reinaba en ellos.  A partir del quinto piso sentía el latir del corazón en la nuca, la respiración le costaba trabajo y a cada piso el temor lo empezaba a llenar, ¿qué tal que se encontrara con algún malhechor?, si así fuera nada podría hacer, seguramente se quedaría petrificado con la boca bien abierta, ahogado, sin la posibilidad de pronunciar palabra, solamente con escucharía el ahogo de su pecho, las fuerte respiración que busca oxígeno, y los pasos amenazantes, completamente decididos acercándose a él, certeros trancos amenazantes, completamente intimidantes.  Hacía demasiado ruido y no llegaría sin un ataque al corazón, debía medirse un poco, nunca había sido una persona con capacidad física suficiente, debía guardar energía y aire en el caso de requerirse en una huida.



En el noveno piso prestó atención a un extraño detalle, había estado ahí desde el principio en el cielo, pero los acontecimientos no le habían permitido verlo.  Una especie aurora polar llenaba gran parte del cielo, él no recordaba haber visto dicho fenómeno nunca.  No podía evitar acercarse a la ventana mientras recuperaba el aliento para continuar hasta el último piso, los colores eran hermosos, era el amanecer más hermoso que había presenciado, lástima que no podía detenerse por mucho tiempo, debía continuar y culminar esa noche de maldición.  



Llegó hasta la puerta, tocó tres veces lo suficientemente fuerte como para despertarla sin escandalizarla.  Pasó un minuto eterno, el tiempo es caprichoso cuando se está en angustia; volvió a tocar, no había más que una infinita y tenebrosa afonía, ni siquiera escuchaba a los impertinentes canarios.  Era algo abusivo pero iba a usar la llave que él conservaba, era una emergencia, revelaría que aún conservaba la copia pero en ese momento no importaba la urgencia lo ameritaba.  Lentamente giró la llave, abrió la puerta silenciosamente y ocultó la llave en el bolsillo disimuladamente.



Al mirar hacia la sala, ella estaba ahí, mirando hacia algún lugar por la puerta-ventana de cristal que daba al pequeño balcón.  Aún no se había empijamado, su pelo negro estaba aún recogido, era una mujer hermosa, rebosante de sensualidad.  Pensó que esa era una imagen hermosa, su silueta a contraluz de la aurora verde, amarilla, azul, todo un arcoíris.  No podía dejar de sentir esa sensación de distanciamiento, la vía lejana como en un sueño, como si entre ellos existiera una inmensa habitación.  Aguardó en silencio unos segundos, esperaba que se diera cuenta que había abierto la puerta; trató de fingir calma, de no mostrar en el rostro que estaba espantado, malhumorado y en cierta manera incómodo de estar ahí.  El silencio era incómodo, por alguna razón ni siquiera se escuchaban los autos en las vías cercanas, era un silencios de los que se escucha en las iglesias, uno en el que se teme pronunciar palabra por estar al borde del sacrilegio, en el que todas las miradas de los files se posan inquisitivamente sobre uno por haber pecado.   Pero ya no podía perder el tiempo quedándose callado, la situación era bastante incómoda, no valía la pena desgastarse prolongándola.



Nenita, soy yo.  Algo ha pasado, debí volver por las escaleras, no hay energía y Don Facundo está tirado en el suelo de la entrada, está muerto.



El silencio llenaba la habitación, ella no dejaba de mirar hacia algún lugar en las calles.  Para él era molesto tener que esperar por la respuesta, parecía un berrinche que pretendía culminar en alguna discusión horas antes sostenida, no quería volver a empezar con esa conversación culminada, no era el momento para tener otra disputa infantil, pero por lo general, pensó él, esas disputas eran impertinentes, se realizaban en el momento más inconveniente y se prolongan por el suficiente tiempo para complicar las cosas simples. Era momento de actuar, luego sería buen momento para discutir.  



Nenita, voy a usar tu celular para llamar a la policía y luego me marcho.



Sin darse cuenta esperaba una respuesta que lo autorizara a tomar el celular que como siempre estaba sobre el mesón de la cocina que servía de comedor y de bar en las fiestas, pero ella no musitaba palabra, la afonía le permitía escuchar su respiración agitada, se sentía ridículo.  A él siempre le había disgustado ese berrinche típico de las discusiones de pareja en que una de las partes ignora a la otra dificultando cualquier manera de resolver el conflicto, él era más partidario de irse, de dejar que el campo de batalla se dispersara un poco y luego rendirse o atacar por los flancos de sorpresa aprovechando la retirada fingida.



Caminó hacia el mesón, tomó el celular, la pantalla estaba en blanco.  Él sintió un poco de disgusto por eso, retiró hábilmente la batería del dispositivo y la volvió a introducir para que se reiniciara, todo lo hizo en silencio como para no romper la atmósfera de incomodidad, no quería que estallara en ese momento una discusión o un comentario, prefería hacerlo todo rápidamente y salir, huir de esa situación.  El dispositivo no volvió a encender.



Él comenzó a impacientarse, un hombre muerto en la portería, un corte de energía completamente sospechoso, y ahora eso, ser objeto de una maldita “ley del hielo”.  Pero eso no se iba a quedar de ese tamaño, la iba a provocar, se le iba a acercar para despedirse y robarle un beso antes de irse a toda marcha a una estación de policía en la que perdería gran parte de la mañana; a ella siempre le había molestado enfermizamente que cuando discutían él la tocara o la abrazara, aunque pensándolo más detenidamente él tenía era deseos de empujarla por la ventana.



Él se acercó hasta donde estaba ella y notó que algo estaba mal, ¿Juliana qué te pasa?, no quiero hacer de esto otra de nuestras discusiones, mirá que está pasando algo muy raro. Él la giró y vio que sus ojos estaban desorbitados, y que algo de baba estaba alrededor de sus hermosos labios. ¿Pero qué te ha pasado Juli, estas bien?, ella no respondía y respiraba con dificultad, él la llevó hasta uno de los sillones sintiendo espanto.  La cacheteaba suavemente para que reaccionara, con la mano le limpió la saliva que se le escurría de la boca, corrió hasta la cocina, mojó una toalla y llenó un vaso con agua de la llave.  El pánico empezaba a apoderarse de él, las manos le temblaban y sentía una presión en el pecho que le latía oprimiendo progresivamente la garganta.  Le mojó el rostro con la toalla mojada, trató de darle agua, pero los pocos que lograba introducir a su boca se escurrían y terminaban por caerle rápida y cruelmente por el mentón y el cuello.  Se arrodilló frente a ella, y no podía dejar de pensar en la acalorada conversación que habían sostenido horas atrás.  ¡Juli… miráme, Juli reacciona, mírame! El desespero empezó a abrir paso a otro sentimiento, y de pronto la tristeza lo llenó, como un golpe cruel y devastador comprendió que ella lo había dejado, por la misma razón absurda que Facundo no había abierto el ascensor.  Ella no estaba y no volverían a sentarse a ver el amanecer desde ese sillón, no volverían a conversar sobre tantas cosas irrelevantes, y él no podía dejar de pensar que él la amaba y aún a pesar de ello la última noche simplemente discutieron acaloradamente, conciliaron una falsa paz y él se marchó con la sensación de que poco importaba ese momento porque al fin y al cabo eso no era el fin del mundo.





Nota: las bombas EMP, bombas de pulso electromagnético (bombas atómicas estalladas en la atmósfera) por su alta ionización generan auroras coloridas en el cielo.  También son denominadas bombas arcoíris.

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