Lucy
vestía únicamente un saco de capucha que le cubría un poco más abajo del pubis;
ella preparaba el café en una cocineta, mientras cantaba dulcemente en un
idioma extranjero; era una mujer excepcional, parecía emanar luz y tener una
sonrisa siempre dispuesta; su cabello castaño, casi rubio, caía hasta la
cintura.
Él
la miraba desde su refugio en algún lugar de
la cama; pensaba si era el momento de colgar su bastón de viajero, si
lograría mantenerse cuerdo por suficiente tiempo como para amarla, para darle
todo lo que una amante necesita; se preguntaba si su espíritu no lo llevaría a
escapar en medio de la noche cuando ella dormía y la luz de la cornisa pintaba
de color azul su piel pálida. Habían
sido unas buenas noches juntos, había sido un buen tiempo a su lado, pero
¿hasta qué momento podría durar todo eso?
Desvió
su mirada, revisó que su mochila estuviera en el suelo, junto al báculo
nudoso. Ahí estaba; ya no recordaba qué
cosas había recogido en el camino; trató de recordar: una piedra negra que al
verla lo llevaba a sus recuerdos oscuros; una flor marchita de el amor muerto y
fugado; una libreta de hojas quemadas y arrancadas; hierbas medicinales; y una
barra de chocolate… No podía recordar nada más del contenido de esa mochila.
¿Había valido la pena el viaje a ningún lugar? ¿Tenía sentido haber salido al
alba y no conocer el destino?
Ella
caminó hasta el borde de la cama con dos tazas de café humeantes y perfumadas;
un mechón de cabello delgado le colgaba a un lado de la frente. Rafael acercó su mano y le arregló el
cabello; su palma se deslizó hasta uno de sus muslos en la cama; se miraron
largamente. Había algo regocijante en
todo eso para Rafael; tal vez era la compañía que había despreciado por años en
las calles, o tal vez era la tranquilidad que le daba ver esos ojos brujos; no
sabía qué lo llevaba a pensar que su camino había culminado, que era el momento
de sembrar la rama que arrancó del tronco de yggdrasil, antes de que se secaran
los manantiales.
El
humo de los cigarrillos del cenicero enrarecía el aire; los rayos de luz del
bombillo se dibujaban y desaparecían entre la humareda. El olor a café recién colado que emanaba de
la taza impregnaba los cabellos de Lucy con ese perfume amargo. Ella tarareaba mientras terminaba su pocillo,
y con cada trago clavaba su mirada en los ojos de Rafael, que sostenía su
bebida sin probarla; le gustaba el café frió, le refrescaba, le aclaraba la
mente, se la despejaba de dudas y dolores.
“Anda,
pruébalo”, decía ella en un susurro lleno de sensualidad y calidez, mientras se
sentaba con las piernas entrecruzadas sobre las cobijas arremolinadas. Rafael miró su bebida humeante; él realizó un
ligero gemido, casi imperceptible, mientras al ver el agua turbia de la bebida
recordaba los caminos y las montañas que había recorrido por años, alejado de
lo mundano, de lo humano. “Está bien”;
él acercó el pocillo a su boca y olió el vapor matizado con un olor a especias
que no reconoció, sus labios tocaron la taza, decorada con simulacros de flores
azules, delicadamente pintadas. “¿Qué es
ese aroma?, me trae recuerdos; ¿alguna vez has caminado bajo la lluvia?” Ella
permitió que se le escapara una carcajada. “Anda, pruébalo” El miró sus
profundos ojos, azules como el cielo del verano quemante. “Está bien”. Nuevamente colocó la pieza de porcelana en
sus labios, inclinó la taza y el café se deslizó por su garganta; el recordó
esa primera alba; caminaba en la lluvia en la que nace el arcoíris, huía de
algo, escapaba de sí mismo, había dejado abandonada su alma, había tomado un
chocolate con canela, y había corrido a las montañas a buscar las voces de su
espíritu, las voces divinas; corría con lágrimas en los ojos porque la vida le
había sido malagradecida, porque el destino se había burlado de él, porque el
mundo no estaba hecho para su existencia, había huido de lo que fue, quería
encontrar lo que era, lo que podía llegar a ser. Tomó rápidamente un sorbo tras otro; un
recuerdo tras otro lo ahogaban, recordó las sendas que había caminado, recordó
las lagunas en que se había bañado, los puentes que había cruzado.
Terminó
su café. Puso en la mesa la porcelana
manchada en el fondo. Miró a los ojos a
Lucy; estaba seguro de lo que iba a decir, no tenía duda que había llegado al
final de su camino, que había encontrado un espacio en este lugar; era tiempo
de sentarse en compañía a ver arder el atardecer; los caminos en ocasiones
tienen un final; el suyo parecía haber acabado; se le cruzó por la cabeza
cortar sus barbas grises, volver a ponerse vestido, se sintió
reconfortado. La habitación oscurecía,
el aire se desvaneció, la habitación perdió su forma, y solo podía ver los ojos azules de la muerte
que lo miraban amorosamente. “Canela, le
puse un poco de canela”, dijo ella mientras le besaba la frente y acariciaba
sus mejillas.