jueves, 16 de agosto de 2012

Poema

¿Qué habrá sido de la luna?
¿Dónde se ha ocultado?
¿En qué momento en mi caminar errático se me ha extraviado?

Mientras estoy sentado en mi húmeda y musgosa piedra, miro el oscuro horizonte;
Miro su rostro solemne, apático; su  mirar me devora una vez más.

Me pierdo nuevamente en ella, en su olor que ya no recuerdo.

El viento frio me rodea, la niebla del sopor de la memoria me distraen mientras caigo al deslizarme hacia el suelo.
Al llegar a la tierra la negrura del cénit me guía hasta el sueño,
En algún lugar del reino prohibido se que se encuentra su sonrisa apócrifa,
La sonrisa de los iniciados.

¿Dónde habrá  ido la luna con su resplandecer amarillo?

Se aproxima el amanecer, y con él la muerte de mi noche de luna nueva,
Noche de estrellas y bruma; esta, mi noche sin luna.

EL CAPRICHO


Y ese capricho había muerto.  Ahí se encontraba el cadáver lleno de sangre, manchado por los borbotones que se escapaban de las profundas cortadas en las muñecas; cortes realizados metódicamente por el asesino para que parecieran un suicidio cualquiera.

Un gritillo se extingue entre las manos del que alguna vez fue su amante, el brillo de sus ojos se marcha a algún lugar de la oscuridad.

Él mira el pelo castaño enredado de la que alguna vez le brindo su cuerpo, en donde enredo sus dedos al hacer el amor de manera dulce.

Si. Eso no había sido más que un capricho… dijo el asesino con calma y dulcemente, mientras recostaba delicadamente el cadáver en el sillón terracota.

Fijó su mirada en los ojos sin brillo que lo veían secamente desde el viejo sillón, se puso en cuclillas y recordó ese primer día que se encontraron haciendo la cola en el cine.  Ella le sonrió con los ojos entrecerrados mientras él le ofreció una disculpa torpe e hipócrita, de las que se dan por mera cortesía al empujar a algún desconocido; ella dulcemente le contestó en igual manera, no importa; y abrió sus parpados dejando ver sus ojos ambarinos, fue ese momento cuando él temió que se fuera a convertir en un capricho.

Ojala no hubiera importado, se repetía mientras recogía todo lo que podía haberlo incriminado.  De manera tranquila buscó los poemas que le había escrito en los últimos 7  meses. Pocos a poco llenó su maleta negra con papeles y fotos, recogió algunos libros con dedicatorias, dejo entre las revistas un libro de Mario Benedetti, existir todavía, ese libro lo había comprado ella, y él simplemente había marcado unas páginas que le llamaron la atención; Revisó minuciosamente la computadora, borro el historial y formateó el disco.  Por último revisó las uñas de la que fue su amada, su capricho, las limpió y luego las ensucio con un poco de sangre que aún estaba tibia.

Caminó hasta la puerta de la cocina, el recuerdo de esa mujer hermosa, de rostro luminoso y de sonrisa amplia se convirtió en una visión: ella cocinaba unas verduras, con salsa de soya, y reía a carcajadas de las historias sin sentido de lo cotidiano.  Ahora ella tenía la mirada triste, apagada, el pelo enredado y desarreglado. No podía dejarla así, como si fuera una mujer cualquiera, corriente. Decidió arreglarla, devolverle un poco de la belleza; miró su reloj y caminó rápidamente hacía la recamara, poco tiempo después peinaba la cabellera castaña con un cepillo redondo… al final algo de belleza retornó.

Miró nuevamente su reloj, no dejaba de pensar si todo eso había sido un capricho, otra mujer que le robaba su tiempo y se le colaba en lo sueños a tomar café en las cimas nubladas. El esperaba que no fuera más que un capricho, eso creía.

Sintió el deseo de despedirse, se acerco a ella mirando sus labios carnosos.  Recordó ese beso que se habían dado en la lluvia de ese martes que salían del teatro buscando u taxi.  Le dio un beso corto en la frente, miro su rostro fijamente, no quería olvidarla.  Le sonrió con timidez.

Creo que me estaba encaprichando,  y la verdad…. La pasamos bien… dijo el asesino.

El reloj sonó indicando las cinco de la mañana, era hora de partir, el cambio de los guardias del edificio le daba un poco de tiempo para robar las cintas de seguridad y reemplazarlas  por unas de algunas semanas atrás.  Abrió la puerta lentamente, miró a ambos lados y dejó encendida la luz, al cerrar la puerta dijo una vez mas, esto fue un capricho.
 


Ella no es ella.

Y ella me miró como ella.
Ella que en la noche baja desde la bruma de la montaña,
Como un recuerdo por poco olvidado.
 
Me mira desde el dintel de mi ventana, desde afuera, lejos de mi vida,
como algo lejano.
 
Y ella no es ella,
Pero se me parece,
con el cabello cenizo, cayendo por detrás de las orejas  alargadas,
con su piel blanca de nube.
 
Mira profundamente como la noche silenciosa,
Tiene el mirar abrasador de ella en la madrugada,
mirar que murió en el frió reconfortante de las primaras horas, en el que llega la
caricia del réquiem del cantar de los canarios; ese, su mirar sensual, 
aquel del amor que se entrega sin palabra; pero
ella no es ella.