Y
ese capricho había muerto. Ahí se
encontraba el cadáver lleno de sangre, manchado por los borbotones que se
escapaban de las profundas cortadas en las muñecas; cortes realizados
metódicamente por el asesino para que parecieran un suicidio cualquiera.
Un
gritillo se extingue entre las manos del que alguna vez fue su amante, el
brillo de sus ojos se marcha a algún lugar de la oscuridad.
Él
mira el pelo castaño enredado de la que alguna vez le brindo su cuerpo, en
donde enredo sus dedos al hacer el amor de manera dulce.
Si.
Eso no había sido más que un capricho… dijo el asesino con calma y dulcemente,
mientras recostaba delicadamente el cadáver en el sillón terracota.
Fijó
su mirada en los ojos sin brillo que lo veían secamente desde el viejo sillón,
se puso en cuclillas y recordó ese primer día que se encontraron haciendo la
cola en el cine. Ella le sonrió con los
ojos entrecerrados mientras él le ofreció una disculpa torpe e hipócrita, de
las que se dan por mera cortesía al empujar a algún desconocido; ella
dulcemente le contestó en igual manera, no
importa; y abrió sus parpados
dejando ver sus ojos ambarinos, fue ese momento cuando él temió que
se fuera a convertir en un capricho.
Ojala
no hubiera importado, se repetía mientras recogía todo lo que podía haberlo
incriminado. De manera tranquila buscó
los poemas que le había escrito en los últimos 7 meses. Pocos a poco llenó su maleta negra con
papeles y fotos, recogió algunos libros con dedicatorias, dejo entre las
revistas un libro de Mario Benedetti, existir
todavía, ese libro lo había comprado ella, y él simplemente había marcado
unas páginas que le llamaron la atención; Revisó minuciosamente la computadora,
borro el historial y formateó el disco.
Por último revisó las uñas de la que fue su amada, su capricho, las
limpió y luego las ensucio con un poco de sangre que aún estaba tibia.
Caminó
hasta la puerta de la cocina, el recuerdo de esa mujer hermosa, de rostro luminoso
y de sonrisa amplia se convirtió en una visión: ella cocinaba unas verduras,
con salsa de soya, y reía a carcajadas de las historias sin sentido de lo
cotidiano. Ahora ella tenía la mirada
triste, apagada, el pelo enredado y desarreglado. No podía dejarla así, como si
fuera una mujer cualquiera, corriente. Decidió arreglarla, devolverle un poco
de la belleza; miró su reloj y caminó rápidamente hacía la recamara, poco
tiempo después peinaba la cabellera castaña con un cepillo redondo… al final
algo de belleza retornó.
Miró
nuevamente su reloj, no dejaba de pensar si todo eso había sido un capricho,
otra mujer que le robaba su tiempo y se le colaba en lo sueños a tomar café en
las cimas nubladas. El esperaba que no fuera más que un capricho, eso creía.
Sintió
el deseo de despedirse, se acerco a ella mirando sus labios carnosos. Recordó ese beso que se habían dado en la
lluvia de ese martes que salían del teatro buscando u taxi. Le dio un beso corto en la frente, miro su
rostro fijamente, no quería olvidarla.
Le sonrió con timidez.
Creo que me estaba encaprichando, y la verdad…. La pasamos bien… dijo el
asesino.
El
reloj sonó indicando las cinco de la mañana, era hora de partir, el cambio de
los guardias del edificio le daba un poco de tiempo para robar las cintas de
seguridad y reemplazarlas por unas de
algunas semanas atrás. Abrió la puerta
lentamente, miró a ambos lados y dejó encendida la luz, al cerrar la puerta
dijo una vez mas, esto fue un capricho.