Capitulo I.
El Rito.
Cada noche al recostar la cabeza en la almohada, mi mirada se fija en el horizonte obscuro pintado en la ventana del patio. Desde que era un niño el ritual no ha cambiado. La luz se extingue y mi atención se posa en el azul del patio.
Una vez enredado en las cobijas, cuando el frío comienza a nacer, el sueño se espanta por el ruido inquietante del silencio, el cual denota mi soledad en la cama. Inicia una espera sorda bajo la luz de la luna que se ha colado a mi habitación. Es una guardia larga, tortuosa; el amanecer tarda más de lo que se cuenta en las historias, el tiempo parece correr rápido, pero el sol se niega a aparecer, hace modorra para llegar al trabajo.
Desde niño al caer la noche nace una infantil fantasía que llena mi cabeza, es un susurro que proviene de las sombras, un cuchicheo que crece en los rincones de la habitación hasta ser el sonido de mis oraciones en la mente; me arrebata el sueño.
Se que ella, mi vampira, está en algún lugar oscuro allá afuera con su mirada de fiera hambrienta sobre mi cuerpo. En repetidas ocasiones la he sentido oculta en las tinieblas de mi patio. No han sido pocas las veces en que me he puesto en pie a la velocidad del rayo, tropezando con mis pies, enredando en las sábanas, para abrir la ventana cuadrada, sentir la bocanada de aire gélido y buscarla con los ojos desorbitados, moviéndolos de un lugar a otro, de una planta a la otra, de la primera de mis flores a la última. Ese es mi acto litúrgico durante las madrugadas.
Junto a la ventana suelo detenerme a pensar en su rostro desconocido, en su voz olvidada por los años, en su piel esculpida por el cincel de la luna; imagino su olor a humedad, me ahogo en el perfume a polen de su piel y me quedo absolutamente inmóvil esperando su llegada.
Como a las cinco de la mañana, cuando el mundo de los sueños reclama su paso, se que mi espera por esta noche ha sido suficiente. En el lejano cielo se colorea el gris matutino y rayos diminutos, delgados como hilos, frágiles como pétalos de rosa, me anuncian la llegada del sol. Mis parpados se hacen rebeldes a las órdenes de mi dictamen mental y se cierran en protesta por la larga vigilia. Los abro con esfuerzo, ya no tengo control sobre mi cuerpo. Pongo toda mi voluntad en mantenerlos abiertos por unos segundos mas. Busco apresuradamente por cada rincón del patio, no está en medio de las flores. Es hora de atender al llamado de las cobijas. Acostado de lado, con el rostro frente a la ventana, vencido por el sueño empeño mi último poco de energía en abrir los pesados parpados, la luz naciente sólo me permite ver una silueta sombría que desaparece con el cerrar de mis ojos; es demasiado tarde ya he cedido ante los mimos de Morfeo.
Capitulo II.
El delirio.
Esta noche he puesto la cama junto a la ventana con la esperanza que en la madrugada se abra de golpe y el gélido aire de ésta haga danzar mis papeles sobre el escritorio en un baile de fuego. No tengo claro cuantas veces me he sentado en la cama con la mirada en un lugar y en otro, simplemente buscándola, simplemente esperando una manifestación de su existencia. Esta noche no la buscare a través de la ventana; aunque sepa que ella se encuentra ahí, acurrucada en algún lugar, con el cabello cayendo por su pecho. Hoy será la primera noche en mucho tiempo que la buscare en el techo de mi habitación, entre una pared y la otra, la buscare en los rincones de mi mente turbia, como si ella fuera una araña que cuelga de delgados hilos a la espera de una mosca que se enrede, que forcejee tercamente por liberarse.
Me gusta pensar que ella me espía desde las hojas o desde los tejados, que observa cada uno de mis actos. Se que hoy se pregunta ¿por qué razón la cama ya no apunta a ella?, me atemoriza un poco que llegue a pensar que ya no la quiero, que ya no la busco, que he preferido su partida a otra ventana, que la he expulsado de mi tejado y de mi corazón. Debo abrir la ventana de inmediato, no me puedo arriesgar a que ella se enfade, no puedo simplemente esperar su partida y resignarme a no conocer su rostro de ángel o de demonio; no puedo esperar, no es una opción su perdida, no puedo siquiera imaginar que la olvide.
No es más que un delirio de loco, ella no es real, no lo puede ser. Ella es una creación de mi mente, de mi demencia; no es más que una alucinación divina, mi alucinación. ¿Es mía?, ¿yo la he creado?, ella es mi mito, mi leyenda; ella es la vampira de mi ventana, solo existe en mi corrompida mente, pero existe; aunque sea de esa manera.
No puedo tratarla de ese modo, no debo esperar a que ella se esfume con la niebla. Debo abrir la ventana ahora mismo; no tengo una razón para estar debajo de las sábanas en soledad, extrañándola. Es momento de quitar la mirada del techo y abrir la ventana; tal vez sea el momento de abrirla y sentarme en su marco con mi harmónica por unos minutos;, tal vez ella llegue a oírme; o abrirla para que ingrese a mis pulmones el viento traficante de su perfume. Es el momento de perder el sueño porque se que ella se encuentra allá afuera con la mirada puesta en esta ventana. Del centro del alama un corrientazo espasmódico me levanta en una sacudida brusca, mi mirada está nublada por alguna razón, se me dificulta abrir la ventana, no hallo de dónde halarla, mientras golpeo con las palmas buscando de dónde tomarla en medio de la bruma, apenas iluminada por los rayos de un farol envejecido, ella me está mirando con una sonrisa burlona en la cara.
Capitulo III.
Tan cerca.
Me he quedado paralizado al verla en el medio de la bruma, es real, no era una mas de mis caprichosas fantasías. Mis manos tiemblan nerviosamente y no tengo una sola palabra en mi boca para decirle pero las ideas me bombardean desesperadamente. Lánzate, lánzate; me grita en la mente el deseo de asirla en mis brazos; acércate con timidez susurra mi prudencia; camina hacia ella con decisión especula mi mente. Pero mi cuerpo no puede hacer nada, está paralizado; me encuentro paralizado, como pegado al suelo de mi cuarto y ella está allí, al otro lado de mi ventana con su sonrisa maliciosa, agachando la cabeza para ver sus pies libres; se acaricia el pelo lizo que cae por sus hombros blancos y mira de manera coqueta mis ojos marrones. Sus ojos son grises, tienen el brillo de la luna que se encuentra oculta tras el manto gris de las nueves de la madrugada. Rápido reacciona, es el momento por el que he esperado durante toda la vida, es el momento que en mi mente me hacia perder el sueño noche tras noche; es ahora, es en este instante, no cabe la vacilación. Ella estira sus brazos al cielo plomizo y se baña en la luz ligeramente dorada del farol centenario, unos instantes después ella se acurruca como una niñita ocultando su cabeza entre las piernas, que tienen las rodillas descubiertas porque los jeans se encuentran rotos, tal vez porque cayó al huir de la luz del sol. Se amarra uno de sus zapatos y levanta la mirada hacia mi ventana, tiene un colmillo ligeramente afuera de su boca, le presiona el labio inferior.
¡Diablos!, no me puedo mover. ¿Qué sucede?; no me puede pasar esto, no hoy, no ahora, ¿por qué, si ella está tan cerca a mis manos?; Debo atesorarla por siempre, debo memorizar cada centímetro de su cuerpo; pero me es imposible sin tenerlo en mis manos. No puede continuar esto, debo encontrar la manera de despegar los pies del piso, miro hacia abajo, mas allá del brumal que se densifica en mis rodillas, ahí están mis pies, los miro fijamente, los amenazo con mi mirada, los señalo mientras les susurro una absurda advertencia, pero no sucede nada, se encuentran pegados al suelo; intento brincar pero estoy atado al suelo, flexiono las rodillas pero las plantas de mis pies están completamente adheridas al ladrillo tablón de mi habitación; me apoyo en el marco de la ventana y mis uñas los desgarran asta hacerle perder un poco de su aserrín pero no tiene ningún efecto diferente a hacer sangrar la punta de mis dedos. Me siento acalorado, no tengo la fuerza suficiente para despegarme del suelo; pero por lo menos debo dirigirle unas palabras, musito un ruido ininteligible y una mano helada como la de la muerte me tapa la boca, algo aferra con tanta fuerza mi muñeca que creo que está apunto de partírmela en dos, el dolor es inmenso, pero algo en mi interior me obliga a soportarlo, me obliga a mostrar mi valía. Es ella, en un parpadeo del tiempo se ha posado en mi ventana abierta, con una de sus manos me tapa la boca, me presiona la mandíbula con tal fuerza que creo que la va a desternillar y lograra arrancármela; tal vez mi silencio la ha lastimado o tal vez mi infinita debilidad la ha ofendido, ha sentido que todas estas noches que acudía a mi ventana fueron perdidas; la otra de sus manos aferra mi muñeca, estoy casi seguro que quiere arrancármela, no me cabe duda que este será mi castigo, debo hacerme a la idea de que la perdí esta noche y para ser sincero me preocupa mas perderla a ella que una de mis manos. Ella sonríe ampliamente y me mira a los ojos profundamente, siento que me arrebata con la mirada mis más profundos, personales y oscuros secretos, ella penetra con facilidad en mi mente, estoy seguro que mis fantasías y divagaciones han sido aprehendidas por ella. El dolor se hace absurdo y no puedo evitar que un quejido de niño se me escape, mi muñeca va a estallar; por alguna razón escucho el crujir de algunos de mis huesos, ella aproxima sus labios a mis dedos y abre ligeramente la boca, puedo ver los colmillos afilados, pero no les temo, no creo que me quiera morder, no siento una amenaza en ella; mientras me mira a los ojos su lengua toca uno de mis dedos heridos y siento el frio del interior de su boca que poco a poco se calienta con la poca sangre que acaricia su paladar.
Todo se hace silencio mientras miro al interior de sus ojos, no se si lo que veo es real; ella no puede tener el brillo de la luna, ella no puede existir pero ahí está. El frio comienza a irse de mis manos y el silencio mágico e inmenso que nos rodeaba comienza a desaparecer para dar lugar al sonido de los pájaros de las primeras horas del día.
He despertado y la imagen de sus ojos continua en mi horizonte, no se, ¿en qué momento caí dormido?, ¿en qué instante me alcanzó el sueño?, no se por qué mi mente me juega estas bromas. Me quiero poner en pie pero me siento realmente cansado, estoy empapado en sudor, como cuando se despierta de una pesadilla; me siento en la cama y miro todas mis ropas humedecidas, quiero cerrar la ventana pero al tocarla el dolor en la muñeca me hace quejar levemente, inmediatamente mis ojos se ponen en mi muñeca izquierda y ésta se encuentra moreteada e inflamada, raudamente me recuesto en el marco de la ventana y acaricio mi muñeca con una mueca de dolor placentero.
Capitulo IV.
La ida de la noche.
La noche cae.
Me parece increíble que sea cierto. Todavía me duele la muñeca está hinchada y morada, no puedo mover los dedos sin que un grito sordo escape de mi boca. Hace no mucho tiempo fantaseaba con su presencia en algún lugar de las sombras que se encuentran después de mi ventana, oculta entre las ramas de los árboles, saltando de una tapia a la otra, con su rostro oculto en la penumbra del lado oscuro de la luna. Ahora espero la caída de la hora más oscura con ansias que me hacen castañear los dientes mientras miro mis dedos lastimados.
Se que ella está allá afuera, que es real, que ayer estuvo en mi ventana y no fue un sueño, me permitió verla, fue sencillo para mi reconocer la mirada de la muerte, pude sentir como me arrancaba un poco de vida con el encaro de sus ojos; pudo matarme tranquilamente, sin ningún esfuerzo, pero no lo hizo.
¿Dónde te escondes mi muñeca de las sombras?, ¿Desde qué lugar me espías al asecho?
Llevo algunas horas sentado en la ventana a su espera; la luz azul de la luna baña las rosas del jardín prohibido, el viento con delicadeza dobla los tallos de mis plantas y ella sigue ausente. El frio de la noche despejada me aconseja resguardarme en las cobijas, pero no le voy a dar la oportunidad al azar de jugar conmigo, esperare hasta que el sol confirme su despedida de mi ventana.
En algún lugar en el horizonte un ave canta, adivina la llegada de los rayos del día; ella no va a llegar a mi ventana. Lo más probable es que todo esto fuera un delirio de loco por las pocas horas de sueño, ella simplemente era la sombra de la pesadez que la existencia puso en pecho al llegar la noche, nada mas que una bella alucinación, un estado de demencia pasajero en el que me herí los dedos y la muñeca, un ensueño que alimento mi esperanza. Simplemente soy una criatura penosa que debe inventar un absurdo como este para que le ayude a esperar la llegada de las últimas horas con un poco de ánimo que inquiete al corazón. Siento oprimido mi pecho, la rabia me transformará en una bestia, estoy enceguecido, no pude ser tan idiota. La respiración se me entrecorta y el aire se hace pesado, difícil de respirar. Soy un despojo que se ha atrevido a soñar y eso me llena de ira, siento mareo, tal vez me falta un poco de aire, las piernas me tiemblan, me tambaleo, pero no lo suficiente para caer al suelo, siento una carga en mi espalda, un ardor agradable en cuello me deleita mientras la rabia se disipa en los vientos helados que entran por la ventana, una caricia en mi pecho me reconforta, me dice que todo esta en su lugar, el silencio es interrumpido por el golpe de mi cuerpo en el piso. Ahora la veo borrosamente; está sentada en el marco de la ventana, se limpia los labios; me mira y sonríe.