domingo, 11 de diciembre de 2011

LA TAZA.

Rafael la miraba desde la cama cómo preparaba el café.  Hacía tiempo que no tenía un cuerpo tan suave y palpitante en las manos.  Mientras caminaba por las sendas y caminos de ciudades infectas y ruidosas, había sobrado tiempo para aprender a apreciar momentos como ese. 



Lucy vestía únicamente un saco de capucha que le cubría un poco más abajo del pubis; ella preparaba el café en una cocineta, mientras cantaba dulcemente en un idioma extranjero; era una mujer excepcional, parecía emanar luz y tener una sonrisa siempre dispuesta; su cabello castaño, casi rubio, caía hasta la cintura.



Él la miraba desde su refugio en algún lugar de  la cama; pensaba si era el momento de colgar su bastón de viajero, si lograría mantenerse cuerdo por suficiente tiempo como para amarla, para darle todo lo que una amante necesita; se preguntaba si su espíritu no lo llevaría a escapar en medio de la noche cuando ella dormía y la luz de la cornisa pintaba de color azul su piel pálida.  Habían sido unas buenas noches juntos, había sido un buen tiempo a su lado, pero ¿hasta qué momento podría durar todo eso?



Desvió su mirada, revisó que su mochila estuviera en el suelo, junto al báculo nudoso.  Ahí estaba; ya no recordaba qué cosas había recogido en el camino; trató de recordar: una piedra negra que al verla lo llevaba a sus recuerdos oscuros; una flor marchita de el amor muerto y fugado; una libreta de hojas quemadas y arrancadas; hierbas medicinales; y una barra de chocolate… No podía recordar nada más del contenido de esa mochila. ¿Había valido la pena el viaje a ningún lugar? ¿Tenía sentido haber salido al alba y no conocer el destino?



Ella caminó hasta el borde de la cama con dos tazas de café humeantes y perfumadas; un mechón de cabello delgado le colgaba a un lado de la frente.  Rafael acercó su mano y le arregló el cabello; su palma se deslizó hasta uno de sus muslos en la cama; se miraron largamente.  Había algo regocijante en todo eso para Rafael; tal vez era la compañía que había despreciado por años en las calles, o tal vez era la tranquilidad que le daba ver esos ojos brujos; no sabía qué lo llevaba a pensar que su camino había culminado, que era el momento de sembrar la rama que arrancó del tronco de yggdrasil, antes de que se secaran los manantiales.



El humo de los cigarrillos del cenicero enrarecía el aire; los rayos de luz del bombillo se dibujaban y desaparecían entre la humareda.  El olor a café recién colado que emanaba de la taza impregnaba los cabellos de Lucy con ese perfume amargo.  Ella tarareaba mientras terminaba su pocillo, y con cada trago clavaba su mirada en los ojos de Rafael, que sostenía su bebida sin probarla; le gustaba el café frió, le refrescaba, le aclaraba la mente, se la despejaba de dudas y dolores.



“Anda, pruébalo”, decía ella en un susurro lleno de sensualidad y calidez, mientras se sentaba con las piernas entrecruzadas sobre las cobijas arremolinadas.  Rafael miró su bebida humeante; él realizó un ligero gemido, casi imperceptible, mientras al ver el agua turbia de la bebida recordaba los caminos y las montañas que había recorrido por años, alejado de lo mundano, de lo humano.  “Está bien”; él acercó el pocillo a su boca y olió el vapor matizado con un olor a especias que no reconoció, sus labios tocaron la taza, decorada con simulacros de flores azules, delicadamente pintadas.  “¿Qué es ese aroma?, me trae recuerdos; ¿alguna vez has caminado bajo la lluvia?” Ella permitió que se le escapara una carcajada. “Anda, pruébalo” El miró sus profundos ojos, azules como el cielo del verano quemante. “Está bien”.  Nuevamente colocó la pieza de porcelana en sus labios, inclinó la taza y el café se deslizó por su garganta; el recordó esa primera alba; caminaba en la lluvia en la que nace el arcoíris, huía de algo, escapaba de sí mismo, había dejado abandonada su alma, había tomado un chocolate con canela, y había corrido a las montañas a buscar las voces de su espíritu, las voces divinas; corría con lágrimas en los ojos porque la vida le había sido malagradecida, porque el destino se había burlado de él, porque el mundo no estaba hecho para su existencia, había huido de lo que fue, quería encontrar lo que era, lo que podía llegar a ser.  Tomó rápidamente un sorbo tras otro; un recuerdo tras otro lo ahogaban, recordó las sendas que había caminado, recordó las lagunas en que se había bañado, los puentes que había cruzado. 



Terminó su café.  Puso en la mesa la porcelana manchada en el fondo.  Miró a los ojos a Lucy; estaba seguro de lo que iba a decir, no tenía duda que había llegado al final de su camino, que había encontrado un espacio en este lugar; era tiempo de sentarse en compañía a ver arder el atardecer; los caminos en ocasiones tienen un final; el suyo parecía haber acabado; se le cruzó por la cabeza cortar sus barbas grises, volver a ponerse vestido, se sintió reconfortado.  La habitación oscurecía, el aire se desvaneció, la habitación perdió su forma,  y solo podía ver los ojos azules de la muerte que lo miraban amorosamente.  “Canela, le puse un poco de canela”, dijo ella mientras le besaba la frente y acariciaba sus mejillas.

3 comentarios:

Santiago dijo...
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trejos-comics dijo...
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Unknown dijo...
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