viernes, 13 de diciembre de 2013

La caminante


Ella está sentada en su nube gris, sobre el lago oculto en la cima del mundo, su pecho y manos se estremecen con el dolor causado por la tristeza que la invade al ver como el hombre hiere su planeta, como desangra el amor de su vida.
Lentamente coloca las manos morenas sobre su rostro, seca las gotas doradas que se escurren por los imperceptibles canales de su piel, las lágrimas al caer por su perfilado rostro alimentan el lago de aguas oscuras como el olvido que reposa silencioso bajo su nube. El viento  sacude  su cabello de abenuz  flexible hacia el este, el sol en el lejano espacio comienza a convertir el negro de la noche en naranja tenue, el frío del albor  se muestra en el vapor que se fuga desde su pequeña nariz; un suspiro de niebla se le escapa de en medio de los labios mientras baja de su nube y camina temblorosamente sobre el agua que vibra creando ondas, que parecen iluminarse con cada uno de los pasos lentos y torpes que por el cosquilleo inquietante de haber estado dormidos por años le llenan las piernas.  Las gotas que se deslizan de su piel son resplandecientes, sus senos bailan con cada paso sobre el agua, las largas pestañas que protegen sus ojos están llenas de rocío, de manera coqueta saludan al amanecer.

Ha tocado la tierra con uno de sus pies; no soporta el peso de su cuerpo, se desploma en el césped lleno de flores, que florecen rápidamente para marchitarse, en un parpadeo se convierten en polvo que viaja en el viento con la exhalación de sus pulmones. Con las manos delicadas toma rápidamente un puñado de hierba, lo olfatea mientras éste se convierte en ceniza.  Se pone en pie nuevamente, mira a lo lejos su cuna agónica, comienza su caminata.  A cada paso el suelo se resiste al movimiento, con caminar aturdido llega hasta el valle solitario, con el parpadear de sus ojos el horizonte se llena de vida, vuelan las mariposas como grifos enfurecidos durante un instante eterno, después del cual todo vuelve a la muerte. Al su caminar lento acude la vida para huir aterrorizada.
Su peregrinación dura días, durante éstos el ciclo de vida y muerte va al ritmo de la  taquicardia de su corazón perseguido por el jadeo interrumpido del esfuerzo. En el último amanecer, ve la cuna dorada de la vida mecerse a lo lejos, se arrodilla con el brazo derecho cruzado en el pecho y la llovizna baña su rostro enmugrecido por los vestigios de la existencia.  Es hora de continuar el sendero, es hora de caminar hasta que el agua salada de su cuna acaricie los dedos de los pies ennegrecidos  en la travesía.

Al entrar en el agua inquieta, con el ir y venir de la marea se oculta lentamente; el olor a muerte desaparece y el viento colérico zumba, se ha sumergido por completo. El planeta ahora está desolado, ni siquiera el susurro del viento llega al oído de la caminante que aguarda en silencio bajo las aguas.

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