Su cabello se desordena con el aleteo de las mariposas negras, oscuras como el destino de la atracción correspondida y prohibida.
Sus sombras son largas en las aceras, como de cuervos lejanos que se interponen al sol que nos abraza. Su sonrisa me ha cegado, me atrae.
Suena la clepsidra, al caer el agua indica la llegada del momento, de pronto, su voz, la de la sirena, indica que hay cosas en el mundo que dan ganas de morir. Escucho el dictamen, comparto el juicio, asumo la condena.
las mariposas vuelan distraídas sobre el vapor del café, una sombra me oculta su mirada; observo su labios, sus provocativos labios bien pintados, tiemblan al detener con esfuerzo algunas palabras. En su mejilla se dibuja tímidamente una sonrisa pícara, mientras con su dedos tamborilea sobre la taza.
Me he quedado sin palabras, la sincera condena me ha doblegado sin iniciar.
Pronto el sol estará oculto detrás de los cerros, la noche hará su entrada y ella canturrea y repite palabras inconexas, el árbol, el auto, eso o aquello, poco importa, sonríe y está llena de luz.